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domingo, 18 de enero de 2015

24 DE MAYO DE 1940, JOHN MILLER, TOKIO

El cielo estaba rojo. Mi abuela siempre me decía que mucha sangre se había derramado cuando el cielo estaba así. Me habían destinado a Tokio hace un mes y esto era un puto infierno. Solo había soldados corriendo de un lado a otro mientras a nosotros nos enseñaban maneras de reptar, disparar rápido y salir de lugares hostiles con heridos cargados al hombro. Sí, ese era mi oficio, éramos los soldados que rescataban heridos. Decidí cogerlo porque siempre me había gustado ayudar a la gente además de que siempre he sido el típico bajito, delgado y ágil.

Estábamos en la cafetería cuando de repente llegó una llamada a nuestro sargento Fiji. Minutos más tarde, volvió a la cafetería, nos miró, y simplemente dijo: "Nos vamos". Como éramos la brigada de rescate, nos habían preparado para tardar lo menos posible en estar preparados para salir, con lo cual tardamos unos tres minutos más o menos en recoger todo nuestro equipo y subirnos a esas bestias aladas de hierro. Mientras volábamos, el sargento nos contó la misión.

-Señores, dos brigadas han sido atacadas hoy en una trampa bomba. No sabemos si habrá supervivientes, ni tampoco si habrá hostiles en la zona esperando a que venga una brigada como la nuestra para aniquilarla. Sean rápidos, precisos, y no piensen; solo actúen. 

Era la segunda misión a la que iba, y la primera fue medianamente fácil. Simplemente era ayudar a civiles de una zona desierta. Por la cara del sargento, sabía que no iba a ser nada fácil.

El helicóptero aterrizó a 400 metros del objetivo para no levantar sospechas, nos dejó y se fue. El piloto nos dijo que teníamos dos horas para completar la misión y nos dijo el lugar de recogida. La verdad es que era muy egoísta e individual todo, ya que el principal objetivo de cualquier misión para ti es que salieses vivo, y serías capaz de dejar a compañeros muriéndose solo para llegar tú a donde el helicóptero espera, porque sino, estás más que muerto.

Nos movimos rápido y silencioso. Éramos solo siete en la brigada, y nos separamos en lado izquierdo y derecho inspeccionando habitación por habitación. Vimos una ametralladora de la que todavía salía humo, y varios muertos tanto de los nuestros como de los enemigos. Acordamos que si alguien encontraba algún herido, volvería con otro de la brigada a donde empezamos la misión, se quedaría con el herido allí y el segundo que fue de escolta volvería con el resto.

Tras registrar todas las habitaciones, seguimos adelante, a la zona donde estaba la ametralladora; y ahí estaba todo... Decenas de soldados muertos además de varios miembros sueltos, y un gran agujero en la zona donde debió ser la bomba trampa. Mientras buscaba si alguno estaba vivo, me encontré una pistola Colt-45. Es una de las mejores pistolas, debía ser de algún general...

Escuché un pequeño sollozo, cerca de los restos de los que probablemente estaban intentado desactivar la bomba.-¡SUPERVIVIENTE, CAPITÁN!-grité. Keny decidió que iba a ser el hombre que me escoltara con el herido hasta la zona protegida.

Le vi el uniforme: Cabo M. Custom. No me sonaba. De repente le oí hablar, pero muy bajito. Le volví a preguntar, y, antes de que me respondiera, la sangre de mi compañero Keny me salpicó a mi y a Custom.

-¡FRANCOTIRADOR, AL SUELO!

Todos nos agachamos. Sonó un tiro desde otro sitio; todos miramos. Había un par de francotiradores aliados que habían disparado a ese hijo de puta. Nos habló.

-Soy Tom Chiles, francotirador de la brigada 9.1 de Berlín. Nos trasladaron hace poco aquí. Sobrevivimos pero no podíamos hacer nada porque estábamos mi compañero Parkin y yo solos. ¿Podemos salir? Fiji iba a responder afirmativamente cuando un japonés con ametralladora en mano empezó a disparar sin perdón a la casa donde estaban los dos francotiradores escondidos. 

Empezamos a dispararle, cuando aparecieron más y más, habría unos treinta. Ningún francotirador aliado apoyó desde la casa, por lo que supusimos que estaban muertos. Yo estaba agachado con Custom al lado disparando, y mis compañeros buscando un mínimo de cobertura; algunos lo conseguían, y otros morían antes. Mientras disparábamos, volví a escuchar la voz de Custom, pero esta vez le entendí.

-Tienes que encontrar a ese francotirador que os ha hablado, soldado. Te lo ruego.

Ya dije que siempre fui alguien al que le gustaba ayudar. Dejé allí a Custom a cargo de Went y fui corriendo a la casa donde estaban. escuchando como rozaban con mi cuerpo las balas de los enemigos. Cuando llegué uno de los francotiradores estaba acribillado pero, afortunadamente para Custom, era el que no había hablado. El tal Tom solo estaba herido de una pierna. Lo saqué, y esperé a que me dieran cobertura los pocos americanos que quedaban.

Habían pasado dos horas, y el helicóptero nos esperaba. Quedábamos tres de la brigada más Went que llevaba a Custom y Illy que llevaba a otro soldado. Fiji marcó un claro "retirada", y todos empezaron a correr de espaldas a los japoneses para volver de donde habían venido. Pura lotería. Podían ir a por ti, o ir a por el de al lado. Podían darte en la pierna, o podían darte en la cabeza.

A Illy le dieron en la espalda, y el herido al que llevaba quedó ahí tendido, pero Fiji le pudo recoger; el herido parecía un general, por su edad y uniforme.

Justo cuando vi morir a Illy, fue cuando decidí salir corriendo con Tom a la espalda. Para eso me habían entrenado al fin y al cabo. Ya veíamos el helicóptero, pero los japoneses nos seguían. Went llegó el primero, dejó a Custom en el helicóptero y empezó a dar fuego de cobertura para que nos diera tiempo a los demás a llegar. Más tarde llegaron los otros cinco escoltando y el último Fiji con el general.

Me tocó la lotería. Recibí un tiro en la pierna a 50 metros del helicótero. Tuve que parar y empezar a disparar desde detrás de una roca, con Tom a mi lado gritando de dolor. Fiji y otro vinieron a por mí y a por Tom. Llegaron, y dije que mejor cogieran entre los dos a Tom para ir más rápido, que yo podría llegar cojeando. Ingenuo de mí...

Fiji y el otro llegaron con Tom, pero a mí me pegaron un tiro en la espalda a punto de llegar. Me quedé en el suelo, boca arriba, mirando el inmenso cielo. Oía gritar a Fiji a lo lejos, pero Went le contuvo, y le empujó para que se quedara dentro del helicóptero. Escuché también incluso gritar a Custom agradeciéndomelo, pero creo que eso ya fue fruto de mi imaginación.

El helicóptero había conseguido escapar y los japoneses estaban a dos pasos míos. Miré por última vez el cielo. Me di cuenta de que había conseguido salvar a dos personas, no podía estar más feliz.

Ya oía el japonés en distintas voces al lado de mí. Uno se acercó y me miró para ver si estaba vivo. ¿Sabéis que hice? Le escupí en la cara con mi sangre. Con sangre americana. Después me empecé a reír en su misma cara. Él gritó algo que no entendí, sacó la pistola, me la puso en la frente y;

Mi padre estaría orgulloso. Morí con una sonrisa.

lunes, 22 de septiembre de 2014

23-24 DE MAYO DE 1940, MICHAEL CUSTOM, TOKIO

Perdí tiempo pensando en lo que acababa de ocurrir. El suficiente para que la segunda fila pasara delante mio casi arrollándome. Mikky no se paró, es más, fue el primero que salió a correr como si su corazón hubiera marchado antes que él a luchar y quisiera recuperalo. Se empezaron a oír los primeros silbatos y alarmas japonesas avisando sobre nuestro ataque.

Me empecé a mover, pero no demasiado rápido: quería averiguar donde estaban escondidos esos francotiradores que nos iban a defender; esa brigada 34 de Berlín, que ahora probablemente recibiera otro nombre. ¿Sabrá Tom que estoy aquí? ¿Le habrán avisado? Decidí echarle valor; quité el seguro al arma. Al fin y al cabo, alguien tendría que vengar la muerte de Larry.

Había una gran calle principal, por así decirlo, y muchísimos edificios con ventanas a los lados, donde la mayoría del combate ocurría, ya que decidir atacar por la calle principal era estamparte contra el suelo en cuestión de segundos. Una ametralladora MG-721 protegía bien esa zona. Decidí atacar el flanco derecho, ya que vi a McPane delante, y eso me dio un "plus" de seguridad.

Atravesamos todos los edificios. Nadie. Vacío. Hicimos señas a los compañeros que iban por el otro flanco. La misma cara de asombro. De echo, cuando nos fijamos, nos dimos cuenta de que la ametralladora del centro ni siquiera estaba custodiada. Demasiado extraño: Les montamos una emboscada, dan la alarma y deaparecen. 

Los tres capitanes que lideraban la emboscada, entre ellos McPane, se reunieron en la calle principal para decidir si avanzar y ver qué ocurría, o volver y avisar a "los que mandan" de tan extraña conducta. Todos los demás estábamos observándonos unos a otros sin saber qué decir. No encontré entre ellos a Mikky; ¿seguiría con vida? Se oyó un grito, de mujer, corriendo y escupiendo palabras en japonés que nadie lograba entender. Automáticamente todos la apuntamos con el arma: la consideramos una amenaza. En cuanto vimos que era una ciudadana japonesa bajamos las armas, pero el olor a chamusquina no se iba de esa gran calle principal.

La mujer no dejaba de llorar y de gritar, mientras que los tres capitanes intentaban calmarla. Uno de ellos, el más grande, decidió alejarse para comunicarse por radio sobre cuáles debían ser las órdenes ante este contratiempo, mientras que McPane y el otro capitán, llamado Karry, seguían intentando calmarla. De repente apareció de la nada un nuevo grupillo de americanos, entre los que estaba Mikky; parece que no había muerto. Me lo podría contar todo. Suspiré de alivio.

McPane se alejó, ya que su opinión era dejarla ir o meterla un balazo en la frente. No aguantaba a la gente que le ponía nervioso. Karry hizo llamar a dos hombres, entre ellos a Mikky. Eran artilleros de bombas, no lo sabía, pero lo eran. Les habían llevado allí explícitamente para desactivar bombas (lo supe por la insignia del soldado al lado de Mikky). Cuando vimos la escena, obviamente nos alejamos todos. Karry debió tener la idea de que podría ser una trampa. Mikky la examinó y gritó aliviado:

-No lleva nada, capitán. 

Todo el mundo se relajó. McPane estaba jugando con su Colt, y el otro capitán seguía buscando señal de radio. Karry le dio la enhorabuena por el buen trabajo y decidió darle un último vistazo a la mujer que no paraba de llorar y gritar; creería que la estaban intentando violar. La gente pensaba que era el típico repaso del capitán para dar el verdadero visto bueno. Karry palpó algo raro en su pelo, entre el craneo y el pelo. Se levantó como si hubiera visto al mísmisimo diablo:

-¡A cubierto!

Bum.

miércoles, 26 de marzo de 2014

23 DE MAYO DE 1940, MICHAEL CUSTOM, TOKIO

Qué rabia, no nos llevó él. Esta vez era un hombre alto, pelo negro y largo y una mirada espectacularmente alarmante y que inspiraba temor. Se llamaba Harry, y era el típico paleto de Louisiana que se metía al ejército por obligación, bien sea por obligación del ejército de allí o de su familia. Era de esas personas que viéndola una vez de arriba a abajo eras capaz de saber cómo era. Seguro que ahora, mientras escribo esto, está muerto o escondido, y si está vivo, cosa que dudo mucho, probablemente esté intentando averiguar cómo se dispara un arma de fuego.

Una ciudad con grandes lagos e interminables ríos, en un país con una forma no muy distinta a la de mi país, era a donde me dirigía. Sería bonito decir que a pasar las vacaciones con mi familia, pero no; iba allí a matar gente. Gente a la que si no mato yo antes, me matará ella a mí. En el viaje no quise hablar con nadie, porque me di cuenta de qué iba el tema de la guerra visto desde dentro, y no quería volver a intimar con alguien para que luego le degollase un maldito japonés de la manera más sucia.

Bajé del avión. Como siempre había soldados corriendo de un lugar a otro (nunca sabré a dónde se dirigía tanto soldado corriendo de un lado para otro), y muchos tanques y coches. No era normal; el lugar estaba extremadamente lleno. El general que me despertó del hospital, Cole Williams, tenía razón: nos habían trasladado a todos allí.

Mi general esta vez se llamaba McPane: Bajo, fuerte, con una cicatriz en la frente y siempre con una Colt-45 con la que siempre tenía la misma respuesta cuando le preguntaban por qué la llevaba siempre: "Por si las moscas vuelan demasiado rápido, muchacho".

-Señores, la guerra es inminente. Los japoneses están enfadados, pero a la vez aterrados con nuestras continuas victorias. Ellos están furiosos, pero como todo el mundo sabe, "La ira no ayuda al guerrero". Solo quiero que sepan que en esta semana se decidirá el curso de la historia. Se decidirá si el mundo estará dominado por un par de países, o si el mundo seguirá en paz y en armonía. Aunque no se lo crean, depende todo de ustedes. Partiremos al anochecer en pequeños grupos de 6, y al amanecer, atacaremos. En marcha.

Si hay algo que nunca olvidaré es lo bien que hablaban y daban ánimos los comandantes y generales a los soldados rasos. Como bien dijo McPane, al anochecer hubo toque de queda y partimos.

El viaje fue largo, pero se me hizo ameno gracias a la conversación que tuve con un soldado en mi misma situación. Ya sé que no quería hacer amigos, pero en la guerra es hacer amigos o morir de soledad.

Esta vez se llamaba como yo, Michael, pero la gente le llamaba Mikky. Era un chico muy hablador, quizás demasiado, pero a la vez encantador. Era la típica persona con la que jamás te aburrirías. 

Llegamos a una zona con arbustos, donde nos juntamos mitad del grupo, la otra mitad iría por la retaguardia. ¿Sabéis que fue lo mejor? Me tocó en primera fila. Había visto muchas películas; los de primera fila eran los primeros en aparecer en la lista de muertes. Eso sí, me tocó con Mikky, por lo menos...

Justo cuando íbamos a salir, cuando teníamos que dar el primer paso, cuando teníamos que dejar todos los nervios atrás, Mikky me dijo algo. Algo que cambió por completo mi actitud respecto a la batalla.

-Oye, me han contado que nos va a proteger una brigada de francotiradores desde los edificios de la zona. Eso me tranquiliza un poco.

-¿Sabes quiénes son?-le pregunté, porque Mikky siempre sabía sorprendentemente todo sobre todos. Mikky era como la maruja de la brigada.

-Sí, son muy buenos. Consiguieron salir victoriosos de una batalla simplemente ellos contra una brigada de artilleros. Utilizaron los francotiradores cuerpo a cuerpo contra fusiles de asalto, y solo murió uno. Charles creo que se llamaba...

-¡¿Cuerpo a cuerpo?! Madre mía...

El general McPane tenía el silbato preparado en la boca. En cuanto pitara, teníamos que salir como siervos escapando de los latigazos de su amo.

-Sí, de hecho me han contado que había uno muy bueno... si... ¿cómo se llamaba? Emmm... Clom? No...

-¡¿TOM?!¡¿TOM SMITH?!-grité.

-Sí, eso, Tom Smith.

-No te lo vas a creer Mikky, yo...

Sonó el silbato.

domingo, 19 de enero de 2014

7 DE MAYO DE 1940, MICHAEL CUSTOM, FUKUOKA (AFUERAS DE JAPÓN)

Esos ojos azules mirándome inquietos, fríos, sin parpadear. Esa piel blanca como la luna y débil. Esa sangre seca que brotó hace un tiempo de su cuerpo inmóvil. Esas caras que tendrán su madre y su hermano cuando les llegue la notificación de que Larry no volvería a casa.

En cuanto escuché su grito, fui al lugar del que surgía. Las botas me pesaban, el calor me calentaba demasiado el cerebro y no me dejaba pensar en lo peligroso que era acercarse a un lugar hostil en el que un compañero está pidiendo ayuda cuando estás solo, y encima, de noche. Ahí estaba, un hombre camuflado tal y como nos contaron en el entrenamiento rajándole el cuello a mi nuevo amigo. No dudé ni un instante. Agarré el rifle, le apunté, y le disparé en la sien. El tiro sonó siete u ocho veces por el eco. Unas pisadas se oyeron, no sabía si acercándose o alejándose. Ahí estaba yo, de pie, muerto de miedo, apuntando hacia unos árboles con mi rifle de gran precisión, escuchando como Larry se estaba desangrando y tosiendo sangre y yo sin poder hacer nada. Finalmente, después de una hora, apareció una patrulla de soldados americanos que habían sido llamados por Larry un poco antes de lo sucedido. Los japoneses no me atacaron. Podían haberlo hecho, pero no lo hicieron. La patrulla me empezó a preguntar que qué había pasado, pero yo lo había pasado tan mal que ,simplemente, me desmayé.

Bombardeos. Tom escondido en lo más alto de una iglesia disparando sin parar con su francotirador. Matando a cada soldado alemán que se le acercase. Sus compañeros muriendo. Un tanque visualiza a Tom. Tom se queda paralizado del miedo. El tanque dispara hacia la torre de la iglesia. Bum. Me despierto. Había sido un mal sueño. Estaba en el hospital, en una camilla. Un coronel que no conocía apareció y me empezó a hablar:

- Buenos días. ¿Estás mejor, soldado?

-Sí, coronel-sabía que era coronel por las numerosas estrellas que había en su chaqueta verde oscura.

-Me llamo Cole Smith, coronel de las fuerzas americanas. Muchacho, siento la pérdida de tu compañero Larry, es una pena. Los japoneses detectan a los novatos y los matan sin perdón, pero claro, ¡cuando eso lo hacen los americanos, perdemos el respeto de todo el mundo! En fin, perdona chico. ¿Cómo te llamas?

-Michael, señor. Michael Custom.

-Bien, Michael. Prepara tus cosas. Te vas a Tokio.

-¡¿A Tokio?! ¿Por qué?

-Estamos ganando mucho terreno y solo nos queda la gran capital para vencerlos. Estamos trasladando todas nuestras unidades allí.

Me incorporé en la camilla, y, sin ningún tipo de miedo hacia su respuesta, le dije:

-Antes quiero que me haga un favor- el hombre se quedó sorprendido, pero aún así aceptó.

-Quiero que me comunique si el soldado Tom Smith, de la brigada 34 en Berlín, sigue vivo.

-No hay problema, le mandaré una carta cuando llegue a Tokio. Y ahora prepárese.

Una enfermera apareció y me dio mi ropa, mi mochila y, por supuesto, mi gorra. Me vestí y me fui al autobús en el que me esperaban para ir al aeropuerto. Ojalá sea el mismo piloto que en mi primer viaje. Era un cachondo.

miércoles, 1 de enero de 2014

5 DE MAYO DE 1940, MICHAEL CUSTOM, FUKUOKA (AFUERAS DE JAPÓN)

Saltar del helicóptero, caer al suelo con todo el peso de tu cuerpo sobre las botas llenas de barro. Que el viento intente robarte la gorra, que el mar intente hacerte recordar tu ciudad. Esa fue la primera imagen que se me quedó de Japón cuando llegué, hará ya una semana.

Mi trabajo era simple, lo único que tenía que hacer era vigilar un puesto de mando lleno de munición y armas que estaba bastante alejado de nuestro campamento. Eso facilitaba que el enemigo pudiera acercarse y robárnoslas, y, para cuando llegaran los refuerzos del campamento, no quedaría ni rastro de los ladrones.

No tenía ningún miedo. Tenía claro que podía derrotar a cuantos enemigos se me acercaran. Vigilaba el puesto con un chaval, más o menos de mi edad, llamado Larry. Tuvimos la oportunidad de conocernos porque ustedes no saben lo largos que se hacen ocho horas solos en medio de la nada hasta que llega el turno de guardia siguiente por la mañana. A Larry y a mí nos tocaba el turno de noche. Absolutamente toda la noche vigilando ese puesto. Averigüé que era de Tennessee, que vivía solo con su madre porque su padre había muerto en la guerra y su hermano pequeño estaba empezando la universidad. Larry utilizaba el dinero mensual que le ofrecía el ejército para dar de comer a su madre y mandarle algo a su hermano, por si necesitaba cualquier cosa. Era una verdadera alma caritativa. Me recordaba mucho a Tom, y eso es malo. Muy malo. La verdad es que era muy parecido a él: nunca pensaba en sí mismo, sino en alimentar a su familia. ¿Dónde estará ahora Tom? ¿Cómo le iría en Alemania? Desde luego los alemanes eran más duros de roer que los japoneses, y de eso no hay duda.

Le estaba hablando de Tom a Larry, cuando de repente, sobre las 4:35 de la mañana, escuché un crujido casi imperceptible. En ese momento me puse nervioso:

-¿Has oído eso?

-¿El qué?

-No sé, como un crujido, como.... No sé, pero yo he oído algo. Voy un momento a ver.

Cargué el arma, es increíble el sonido que hacen estos rifles al cargarlos. Pasé por los alrededores del puesto, pero no encontré nada. Simplemente árboles y más árboles. Cuando me disponía a volver, lo escuché. Escuché el sonido que más me había aterrado en toda mi vida: Un grito de Larry.

-¡Larry!¡¿Larry, estás bien?!

lunes, 9 de diciembre de 2013

30 DE ABRIL DE 1940, MICHAEL CUSTOM, ESTADOS UNIDOS

Este mes ha sido horrible. Para empezar, hemos tenido que hacer una cantidad de entrenamientos impresionante y no he visto a Tom en toda la semana. En este país se hacen entrenamientos distintos para cada país contra el que vas a luchar. El que estaba haciendo Tom, contra Alemania, era más táctico y sigiloso. Los alemanes siempre han tenido fama de caer en trampas múltiples de francotiradores y demás. Por ello, Tom eligió ser francotirador. Le enseñaron el arte del sigilo y de aguantar la respiración en posición de disparo. Era bueno. Muy bueno. Por lo que dijeron, uno de los mejores francotiradores de la ciudad.

Por otro lado, mi entrenamiento fue totalmente distinto. Los japoneses no caían tan fácilmente en ese tipo de tretas, sino que eran ellos los que eran capaces de, con una capa por encima del cuerpo de ramas y hojas, no ser descubiertos. Mi entrenamiento fue más el cuerpo a cuerpo. Aprender a utilizar todo tipo de fusiles de asalto, subfusiles, ametralladoras, etc. y, como lo más importante para mí, el entrenamiento de nuestros reflejos y la pérdida del miedo. Por lo que me contaron, era muy común ir andando por un camino sin que haya nadie y de repente encontrarte con una oleada de japoneses camuflados apareciendo de arbustos e incluso del mismo suelo, yendo a por ti sin ningún tipo de temor con una bayoneta. La bayoneta era el arma que utilizaban los japoneses. Un rifle como otro cualquiera con la particularidad de que tenía enganchado a la parte final del rifle una especie de puñal o sable pequeño, con el que atacaban sin miedo a los soldados enemigos,clavándoles ese puñal en el corazón. Otra peculiaridad de los japoneses era que jamás huían. En el caso de que un avión se quedara sin combustible, eran capaces de estrellarse contra barcos enemigos en vez de volver y repostar. En la infantería, si un soldado japonés se quedaba sin balas, iban con la bayoneta a por los soldados sin temor. Su grito de guerra en esta acción kamikaze era:¡BANZAI!

Sabiendo todo esto, la última semana del entrenamiento consistió en caminar por lugares, y que soldados aliados aparecieran de la nada y te atacaran con cuchillos de plástico o rifles sin cargar. El objetivo era que nos diésemos cuenta de su presencia, y que consiguiéramos escapar de su puñal viniendo hacia nosotros o de su rifle apuntando y disparando. El coronel Harry fue el hombre que entrenó a mi pelotón. Un hombre serio y poco hablador. Eso sí, antes de que el entrenamiento finalizase, nos dio un consejo que nos dejó marcados a todos:

"Si oís la palabra BANZAI, corred"

Es una de las pocas cosas que nos dijo este coronel aparte de órdenes y demás. Un día después de terminar el entrenamiento, me enteré sin previo aviso de que Tom había partido a Alemania. Ya era imposible irme con él. No lo intenté, ya que era casi imposible que nos tocara en la misma región. Apareció el general Colfield para decirnos que nuestro avión estaba listo para ir a Japón. Me puse mi gorra, cogí la mochila, eché una mirada hacia atrás, suspiré, y me subí al avión.

"Buenos días a todos pasajeros. Soy Mike, piloto de la Brigada Houston, y este avión es mi pequeña 'Saly'. No tardaremos más de cuatro horas en llegar, así que pónganse cómodas señoritas, el viajes es largo"

sábado, 23 de noviembre de 2013

24 DE MARZO DE 1940, MICHAEL CUSTOM, ESTADOS UNIDOS

El sol dormía, los pájaros dormían, los árboles descansaban, las hojas esperaban unas horas más para caerse. Esa mañana no fue como cualquier otra. No fue una mañana de esplendor y alegría nada más despertarte. La luna todavía estaba remoloneando, y las estrellas parecían estar fijas en mí, o eso me parecía. A las 6:00 era el toque de queda para la marcha al Cuartel General De Los Estados Unidos, donde nos mandarían a distintos lugares en los que lucharíamos y moriríamos por defender nuestra patria. Fui solo, no me apetecía ir con Tom. Simplemente, porque no le iba a dejar de ver desde ese momento. De quien si me despedí fue de mis padres, bueno, de mi padre. Mi madre no me quiso ni hablar. Ya no teníamos noticias de un hermano, solo faltaba que su otro hijo se marchara a la guerra, y además, por voluntad propia. La verdad, sonaba irónico.

Cogí un par de cosas para el frío, una gorra, y me dirigí a la plaza del pueblo. Cuando llegué, ya estaban todos. Podía notar el miedo en sus miradas, la desesperación de no volver a ese lugar nunca más. Tom estaba el último, más o menos con la misma expresión facial que los otros catorce. Me puse al lado de él, y mientras esperábamos a Cole Williams, tuvimos una pequeña conversación:
-¿Crees que volveremos Mike?

-Seguro Tom. No somos de alto rango, ni siquiera sabemos casi utilizar un arma. Nos llevarán a vigilar o a defender; no creo que nos lleven a nada de más nivel.

-¿Nos separaremos, Mike?

-Jamás. Ni lo pienses. Recuerda que el principal motivo por el que estoy aquí eres tú.

En ese momento, Tom me dio un abrazo. Pude notar como le temblaba todo el cuerpo, y no era del frío. En ese instante apareció Cole con dos soldados más, y nos explicó lo que teníamos que hacer: 

-Buenos días a todos. A partir de ahora, quiero que sepan que ustedes son nuestra nación, ustedes son América. Ustedes son los únicos que pueden quitar al mundo de la doctrina de ese alemán tarado. ¿¡Me han entendido?!


-¡Sí, señor!- respondimos todos al unísono.

-Bien, nuestro cometido será llegar al pueblo de Bunker Hill, a 10 kilómetros de aquí, donde nos esperará un helicóptero que nos llevará al Cuartel.

Después de esta charla con un buen intento de motivación, partimos en tres camiones con otros 40 nuevos soldados, que venían de pueblos cercanos. A algunos incluso los conocía.

Al llegar, pudimos ver como un helicóptero nos estaba esperando tal y como dijo Cole. Nos subimos a él, y, sin más dilación, nos fuimos. Ningún lugar está protegido cuando hay guerra.

El Cuartel no es lo que uno se espera. Es simplemente un lugar lleno de soldados de poca edad y con la misma mirada, esperando a ser nombrado. Cole nos dejó ahí, después de decirnos unas últimas palabras: "Buena suerte, muchachos".

Mientras esperábamos Tom y yo nuestro turno, estuvimos pensando en cómo nos distribuiríamos y en como podríamos hablar, ya que incluso estando en el mismo lugar, puede que dos soldados no se vean en todo el día. Una voz de megáfono interrumpió nuestro debate:

-Tom Smith, por favor, Tom Smith, acuda a recepción.

Se me paró el alma, y a él también. Se levantó y fue a recepción. No habló, simplemente escuchó lo que le tenían que decir. Se quedó de piedra, volvió, y preocupado le pregunté:

-¿A qué ciudad te vas, a Tenesee, no?

-Parto a las cercanías de Alemania a luchar con los rusos.

Me quedé de piedra. Nos habían engañado. Se suponía que no partiríamos lejos, y más lejos que eso no hay nada. Lo pero era que, viendo como estaba la cosa, a ver a donde me destinaban a mí.

-Michael Custom, por favor Michael Custom pase a recepción.

Me acerqué. Tenía que tocarme ir con Tom, fue por él por quien vine. No tenía sentido que fuera solo a la guerra. Notaba que mi cuerpo pesaba más y más cuanto más me acercaba. La señorita que había en recepción me quitó esa sensación con una pregunta:

-¿Es usted Michael Custom?

-Sí

-Parte a Japón

lunes, 4 de noviembre de 2013

23 DE MARZO DE 1940, MICHAEL CUSTOM, ESTADOS UNIDOS

Por primera vez en años, esta mañana no fue como de costumbre. Los pájaros no cantaban, las hojas de los árboles caían y se estancaban en la calle como si del otoño se tratara, y el sol no me levantó por culpa de las nubes que se lo impedían. 

Hoy no fui a trabajar. Tom se iba a las once de la mañana y quería estar ahí, para despedirme. Para darle una bonita y sincera despedida, ya que, dios no lo quiera, podría ser la última vez que le viera. No solo se iba él, se iban quince en el pueblo. A mi no me reclutaron gracias a que mi hermano fue en nombre de la familia.

Llegué a la ceremonia de despedida con mi madre, nos sentamos y no dijimos ni una sola palabra. Supongo que mi madre estaría pensando en lo mucho que echaría de menos a Tom, pero no. En lo que de verdad estaba pensando era en irme con él. El ejército estaba abierto a cualquier petición de reclutamiento mientras seas mayor de edad y, para qué engañarnos, aquí no me esperaba un buen futuro. Trabajando en una fábrica creando munición, sin ninguna aspiración en mi vida y viviendo en una familia con la que casi no hablaba. ¿Saben a quién creía que iba a echar más de menos? A Tobby, mi fiel perro. El único que en aquellos días desamparados te alegraba el día con un buen ladrido y una actitud de diversión reflejada en el movimiento de su rabo. Además, pensé que si iba a la guerra, podría averiguar qué le estaba pasando a mi hermano y por qué no nos escribía desde hacía tanto tiempo.

De repente, unas trompetas sonaron. Quince jóvenes, a los que por lo menos diez de ellos volvería a ver, subieron a la tarima. Estaban todos vestidos con el uniforme de la USA Army, con la vista totalmente al frente. Aquel hombre mayor que estuvo en casa de Tom hace tres días subió también y se incorporó a la escena. Fue él el que se puso delante del micrófono, hizo un leve carraspeo con la garganta, y empezó a hablar:

"Buenos días a todos. Soy el coronel Cole Williams, y vengo en representación del ejército de los Estados Unidos de América. Estamos aquí reunidos para reclutar a estos jóvenes que, esperemos que lleguen muy lejos y...

Blablabla, yo no podía escucharle. La verdad, no me importaba mucho. De hecho, no sé ni para qué hablaba. Todo el mundo sabía a lo que venía, no había pérdida. Yo seguía pensando en irme o no con ellos. En ser el número dieciséis de los soldados que se iban. En luchar y, si es necesario, morir con mi compañero Tom. El coronel finalizaba:

"... Quiero que sepan todas las familias de estos grandes emprendedores  que serán recompensados con comida y recursos varios durante la ausencia de sus hijos. Dicho esto, queda finalizado el comunicado y procederemos a la última fase. ¿Hay alguien en esta sala, que por un motivo u otro, quiera alistarse en el ejército, y no esté entre los presentes?"

Mi corazón se paró por un instante. No podía respirar. La boca se me quedó seca. Mi brazo, inconscientemente se levantó. ¿Por qué? No lo sé. Simplemente se me levantó. En ese preciso instante, absolutamente todas las personas que estaban en esa despedida fijaron sus ojos en mi. Podía ver miradas de asombro, de sorpresa, de alegría en el caso de Tom, y una, solo una, de total tristeza. La de mi madre. No se podía creer lo que acababa de hacer. Yo, hablando del aquí y el ahora y viendo lo que he visto, jamás hubiera levantado la mano aquel día. Pero uno no sabe lo que le va a pasar hasta que se arriesga.

-¿Cómo te llamas, hijo?

-Michael, señor. Michael Custom.

-Bien, Michael. Bienvenido al ejército de los Estados Unidos. Partiremos mañana a primera hora.

miércoles, 30 de octubre de 2013

20 DE MARZO DE 1940, MICHAEL CUSTOM, ESTADOS UNIDOS

Levantarte, escuchar el leve y fino pío de los pájaros en tus oídos, recibir los primeros rayos de sol de la mañana, ese olor y frescor que te ofrece la naturaleza por la mañana... Eso era lo que me hacía levantarme cada mañana. Esa paz, esa tranquilidad absoluta, ese aislamiento de lo que era en realidad la vida. La primavera había llegado.

Todavía me sigo preguntando cómo un día con tal esperanzador comienzo, podía acabar con aquel desamparado final. 


Me vestí rápido, cogí un par de cosas y me dirigí a buscar a Tom para ir a trabajar. Nunca había tenido un amigo como Tom, siempre habíamos hecho todo juntos.


Tom era alto, fuerte, con una peculiar peca en el moflete que le hacía tener una expresión misteriosa cuando quería. Tenía el pelo negro como la noche y los ojos marrones como el barro. Solo nos diferenciábamos en una cosa, y era en la familia. Sus padres le daban a él y a sus dos hermanos todo lo que quisieran, no tenían problema de dinero. Y se preguntarán, ¿qué hace entonces este personaje tan agraciado con alguien como yo, trabajando en una fábrica? La respuesta es simple: Tom renunció a esa vida por seguir teniendo contacto conmigo. Fue capaz de decirle a sus padres que no quería estudiar para quedarse a hacer lo mismo que yo. Es una persona en la, como podéis ver, se podía confiar.


A la vuelta del trabajo, siempre le dejaba en su casa, ya que la mía estaba más lejos. Aquí fue cuando mi vida y mi futuro se verían marcados. En su casa estaban su madre, su padre y alguien ajeno a nosotros, pero que por los atuendos que vestía, hubiera dicho que era un hombre de alto rango militar.


Tom se asustó mucho, ya que no era normal esa situación, y me pidió que esperara fuera. Tiempo después, cuando el frío se empezaba a apoderar de mí y la noche empezaba a caer, apareció Tom. No le reconocí. Tenía la cara tan pálida como la nieve, y se movía como si tuviera una dificultad al andar, con la boca abierta. Cuando le pregunté qué había pasado, él me respondió: "Me reclutan para ir a la guerra". El silencio se apoderó de nosotros. Solo fui capaz de responderle:


-¿Cuándo?


-Dentro de tres días


Pasaron unos minutos hasta que, sin saber qué decir, me fui a casa.


Como todas las noches, se me estaba esperando para cenar, pero ese día, el que no quería hablar era yo. Después del primer plato, mis padres me preguntaron qué tal me había ido el día. No tuve el valor de decir la noticia de Tom, así que simplemente respondí: "Bien". 


Hay un proverbio en mi ciudad que dice: "Si el lobo aúlla fuerte, mejor que estés en la cama y no verle". Siempre ha sido contado a los niños pequeños para que no se vayan tarde a la cama. Yo siempre había sido de irme a la cama pronto, pero hoy, no podía dormir. Simplemente no podía dejar de pensar en ello. 


Finalmente, conseguí conciliar el sueño. Pero, ¿y si me iba con él? Él había dejado la buena vida que le esperaba por mí, ¿por qué no devolverle el favor? Era una idea disparatada, y que la primera vez que la pensé, mi sentido común la rechazó al instante. Pero en estos tres días, tuve mucho tiempo para pensar, demasiado...









martes, 29 de octubre de 2013

19 DE FEBRERO DE 1940, MICHAEL  CUSTOM, USA

La mañana era fría. Era una de esas mañanas en las que tu madre te cubría con una manta para no llevar un buen resfriado al día siguiente al colegio. Me levanté pronto, antes de que el sol se asomara entre las montañas.

Mi nombre es Michael, tengo 19 años y vivo en los Estados Unidos de América. Dejé de estudiar con 16 años, ya que mi familia no tenía dinero para pagarme los estudios, al igual que mi mejor amigo Tom, al que conocía desde que éramos unos chiquillos. Me vi obligado a trabajar en la primera oferta que encontré, y fue en una fábrica en la que se utilizaba la basura para hacer herramientas de trabajo, cubiertos, etc. Bueno, eso antes... En los últimos meses solo trabajábamos con metales para hacer armas y munición para la guerra. No piensen mal, mi país no estaba involucrado en ella, simplemente ofrecía armas y munición a Inglaterra y Francia como principales motores de exportación.

Cuando llegué a casa, mi familia me estaba esperando para cenar. Después de saludar a mi perro Tobby, me senté en la mesa y cené sin que ni mis pardes ni mi hermana dijeran una sola palabra. Mis padres se llaman Carl y Mary, y mi hermana Brittany. Estoy muy orgulloso de ella, ya que es la única que ha tenido la oportunidad de estudiar en la familia, y está aprovechando esa oportunidad al máximo estudiando psicología.

En la mesa siempre se hablaba de cómo nos había ido el día, pero no desde que Paul, mi hermano, se fue. Él era la persona que me enseñó en quién se puede confiar y en quién no. La persona que nunca me dejó de lado. La única persona que había confiado en mi siempre. Tenía 25 años cuando le reclutaron para ir la guerra. Siempre nos había escrito una carta cada semana , pero desde hace dos meses no nos había llegado ninguna carta suya, y tanto mis padres como yo, estábamos en un sinvivir. Aún recuerdo como si de hoy se tratara aquel día. Aquella mañana que cambió mi vida por completo.